Entre el ruido de la lumbre, su voz sobresalía como una
maldición.
Mi poca visión leía en los velos de aire y miseria, lo mismo de hace
dos horas, vacío.
Me dijo antes de irse
algo que no me importó oír; Seguro una promesa.
Dejó un pedazo de carne sobre la mesa, los insectos buscaron allí el significado de sus palabras. La curiosidad me picaba, pero mas me dolía su ausencia. Dejó tantas sombras regadas, amarradas revueltas con otras en el desorden de sus anhelos rotos. Su ansiedad le servía de alfombra de bienvenida en los días lluviosos. Allí dejábamos la llave para el otro por si acaso el cobrador nos llevaba de nuevo al primer hogar.
Allí la había dejado yo el otro día y allí estaba todavía. Cuando el sol salió, cesó su voz y sus sombras se diluyeron como el vaho en el cristal y sentí un alivio nuevo. su cara no estaba, su odio, su amor, su piel.
Y todo ello se mostraba bueno esa mañana.
Y todo ello se mostraba bueno esa mañana.
cuando la vi sollozando al final del camino, a la espera del tren fantasma, cerré la cortina y presté atención a la brisa. El tren fantasma pasó a las doce menos cuarto y fue bueno como siempre, que llegara antes de lo esperado. En el armario me esperaba mi abrigo, la sombrilla y un libro a medio leer.
Afuera no llovía.
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